viernes, septiembre 28, 2007

EL GENERAL VENEZOLANO DE LA INDEPENDENCIA MANUEL PIAR, OPINA SOBRE SU FUSILAMIENTO
I
Eligio Damas
Nota: Este acontecimiento en el que estuvo envuelto uno de los generales más prestigiosos y hasta exitosos de la patria, siempre ha sido importante punto de referencia e incansable discusión. Trata de un General que tuvo la brillante y atrevida idea de tomar la retaguardia y fortaleza del enemigo español, representada en Guayana, protegida por la amplitud del Orinoco, en lugar de seguir gastando fuerzas, pertrechos y hombres conquistando plazas que no se podían defender; un soldado, casi siempre vencedor pocas veces vencido, que en la batalla de San Félix, por sólo nombrar una, abrió el camino para la posterior refundación de la naciòn en el Congreso de Angostura y las marchas libertadoras al sur del continente. En este trabajo de ficción, presentado en tres (3) entregas, no ajeno de referencias reales y documentales, queremos rendir homenaje a aquel mártir y héroe que nunca dejó de serlo.

Son las cuatro de la tarde. Dentro de una hora, cuando el sol comience a declinar, me llevarán detrás de la torre sur de la catedral de Angostura para aplicarme la sanción que dictó la Corte Marcial.
Mañana se dirá que la decisión de ejecutarme servirá para fortalecer la autoridad del gobierno, acorralar la sedición y, el presidente del alto tribunal militar, General Luis Briòn, afirmará, como para consolarse, que se me condenó por el delito de traición a la patria.
En verdad, reiteradamente hice comentarios y emití opiniones sobre la conflictividad social en que está envuelto el ejército republicano que hoy me parecen imprudentes. Muy a menudo me dejé llevar por mi natural irascibilidad y propensión a confiar en todo el mundo. Siendo yo el primer mulato en alcanzar tan alta posición en nuestro cuerpo armado y en el gobierno de la República, en un país donde ha habido tantas diferencias, odios y desconfianzas entre un sector social y otro, debí cuidar mis pronunciamientos. Andar hablando aquí y allá sin ningún recato de la conveniencia de promover la libertad de los esclavos, es como nombrar la soga en casa del ahorcado y olvidar el peso de las opiniones e intereses partidarios de ese estado de cosas, en el seno del movimiento independentista. Esa actitud mía fue, a todas luces, una torpeza.
Es tan cierto esto que, mañana 17 de octubre cuando Bolívar hable al ejército patriota acerca de mi fusilamiento dirá, sin rubor alguno, ¿Nuestras armas, no han roto las cadenas de los esclavos? ¿La odiosa diferencia de clases y colores, no ha sido abolida para siempre? ¿Qué quería pues, el General Piar para vosotros? Pero ese mismo hombre, en 1819, al hablar al Congreso de Angostura, cuando estén por cumplirse dos años de mi fusilamiento, dirá para sorpresa de cualquier desprevenido, “Yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República.” Y un tribuno llamado Fernando Peñalver, nacido en la costa que se besa con el Caribe, saltará como otras tantas veces, antes y después de esa reunión, a desmadejar razones conservadoras, opuestas al pensamiento mío y del Libertador, para negar su ruego. Y dirá Peñalver, de la manera más pragmática y vergonzosa, que tal petición es inadmisible, porque los negros son la base del trabajo agrícola.
Si Bolívar, el caraqueño de San Jacinto, a quién llamarán el genio de América, que a base de tenacidad, permeabilidad, inteligentes avances y retrocesos tácticos, ha sabido mantener su liderazgo y cuándo golpear y dónde hacerlo, ha sido y será derrotado tantas veces, cómo no iba a serlo yo, Manuel Maria Francisco Piar Gómez, el mulato del barrio Otrabanda de Curazao, que inconvenientemente y a todo pulmón llegó a decir cosas como: “Me voy a Maturín y al fin del mundo si es necesario, a ponerme a la cabeza de los que no tienen otro apoyo que sus propias fuerza……”
Por estas y otras tantas opiniones similares, y no por mis ejecutorias políticas y nexos con gente como Mariño, pese al esfuerzo y la brillantez de mi defensor, el Teniente Coronel Fernando Galindo, quien supo descalificar a mis calumniadores y desbaratar los subjetivismos del juez instructor General Carlos Soublette, de lo que me ocuparé especialmente en próxima oportunidad, dentro de poco habrán de fusilarme.
Tocan a la puerta; estàn aquí. El sol declina por los lados de la torre sur de la catedral de Angostura. CONTINUARÀ.

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