domingo, abril 22, 2007

LAS TORPEZAS DE GEORGE W. BUSH

PROGRESO SEMANAL

Tener presentes los hechos en Irak

Por Saul Landau

George W. Bush, Dick Cheney, su personal de neoconservadores de línea dura y una variedad de preocupados no podrían haber pronosticado el horror que ha hecho erupción en Irak. Los hacedores de la guerra eran ignorantes. Muchos siguen siéndolo --y están orgullosos de ello.
¿Habrá sacudido la cabeza Bush cuando vio una típica foto de periódico norteamericano (AP) el 8 de abril, que mostraba a un iraquí en Mahmoudiyah, a unos 40 kilómetros al sur de Bagdad, tratando de rescatar sus pertenencias después de que una camioneta estalló? El afortunado iraquí --15 murieron en el ataque, otros fueron heridos-- encontró una maleta que solo tenía dentro metralla.

¿Por qué los medios solo muestran el lado negativo y usan evidencia de lo que parece ser otro típico día sangriento bajo la ocupación norteamericana? Hasta la Cruz Roja --que no es precisamente un medio sensacionalista-- anunció que las condiciones de vida en Irak siguen deteriorándose.

La semana pasada el clérigo chií Moqtada al Sadr pidió a sus seguidores que atacaran al personal militar norteamericano, su respuesta al “oleaje” de Bush (léase escalada). En Najaf, decenas de miles quemaron banderas norteamericanas y exigieron: “márchense”. Bush manipuló este hecho y dijo que era un ejemplo de la libertad de expresión en Irak. ¿Cómo manipulará los 2 000 médicos iraquíes muertos desde que comenzó la invasión norteamericana en Irak? (Dr. Bert De Belder, coordinador de “Ayuda Médica para el Tercer Mundo”.)

Esperanzado de que el público no recuerde su aseveración de “Misión cumplida” el 1 de mayo de 2003, Bush anunció “avances” --después de cuatro años-- en la restauración de la seguridad en algunas partes de Bagdad. El “viaje de compras” del Senador John McCain a Bagdad exigió un gran séquito armado, incluyendo helicópteros de ataque que sobrevolaban la zona. Él declaró que Bagdad no tenía problemas –lo que no puede decir de su fallida campaña presidencial.

La mortalidad infantil iraquí se ha incrementado vertiginosamente. No es de extrañar, dado el deterioro de la salubridad y las condiciones del agua, la falta de comida y la violencia de la guerra. La televisión árabe muestra a niños entre los iraquíes detenidos por tropas norteamericanas durante incursiones de rutina. Parecería que alguien está filmando la serie “Policías” en Bagdad.

“20/20” y “60 Minutos” debieran hacer episodios semanales acerca de la salubridad iraquí. Joseph Chamie, ex director de la División de Población de la ONU, dijo que la salubridad en el país había descendido hasta los niveles de 1950. Un estudio reciente del Departamento de Población de la ONU mostró que 1/3 de los iraquíes vivían en la pobreza; más del 20% en la miseria. Más de medio millón de residentes de Bagdad no tienen acceso al agua durante la mayor parte del día y solo tienen electricidad durante tres horas diarias. Uno de cada ocho iraquíes ha huido de su país, la mayoría a tierras vecinas. Uno de cada nueve ha muerto desde que George W. Bush los liberó.

Una encuesta a principios de marzo realizada por The New York Times y Noticias CBS daba a Bush una tasa de aprobación de 29%. Las cifras de encuestas indican el rechazo del público a la guerra. La Casa Blanca se aferra a la “credibilidad”, no importan los costos humanos y económicos; la mayor parte de los miembros del Congreso se retuercen las manos como para evitar un ataque de valentía que les permita eliminar los fondos para la guerra.

A fines de septiembre de 2002 yo entrevisté al Vice Primer Ministro Tariq Aziz y al presidente del parlamento iraquí Sadoun Hamadi (ya fallecido). Además, hablé con docenas de iraquíes en Bagdad, Najaf, Karbalá, Babilonia and Mahmoudadyia. Los sunníes, chiíes, cristianos, kurdos y turcomanos con los que hablé, todos se identificaron como iraquíes. Independientemente de sus diferencias religiosas o étnicas, todos estuvieron de acuerdo en una cosa: “No vengan.” Independientemente de cuánto odiaran a Saddam Hussein, estuvieron de acuerdo: una invasión y ocupación por parte de EE.UU. empeoraría la situación de Irak. “Usted no tiene idea de lo que sucederá si su ejército viene”, dijo Ghassan, un ingeniero.

“Uno de mis hermanos murió en la guerra contra Irán”, dijo un tendero en Babilonia. Otro murió en la primera Guerra del Golfo. Si las tropas norteamericanas vienen, tendremos otra guerra, la peor. Por favor, no vengan. Diga a su Presidente lo que yo dije”. Sonrió.

Los hacedores de guerras, intelectuales brillantes como Paul Wolfowitz y Richard Perle, no sabían nada de la realidad iraquí. Ni tampoco mostraban interés en aprender. Su fórmula neoconservadora mantiene que como la más fuerte potencia militar Estados Unidos puede imponer la democracia por la fuerza a países dominados por dictadores brutales. Diseñaron el “eje de mal”, inventaron la frase de los “estados delincuentes” para los medios como forma de menospreciar a gobiernos desobedientes del Tercer Mundo. Los académicos inventaron el término “estados fracasados”. Oigan, llámenlos cualquier cosa, menos que llegaron tarde a cenar.

¿Para qué se van a molestar Wolfowitz, Perle, Douglas Feith y Scooter Libby en estudiar a un país que ellos querían que Estados Unidos invadiera? En 2002 sus jefes realizaron oraciones colectivas con intelectuales y expertos entusiasmados con la guerra, muchos de los cuales nunca habían tenido ni una pelea en el patio de la escuela.

Wolfowitz también despreció el factor de costo, ya que él no tendría que pagarlo. “Estamos hablando de un país que puede financiar realmente su propia reconstrucción, y en un tiempo relativamente corto”. (Testimonio ante el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes, 17/3/03.)

Los “brillantes” asesores hicieron caso a los disidentes iraquíes que antes de la guerra les suministraron inteligencia defectuosa y un cuadro color de rosa del Irak posterior a Saddam. Ahmed Chalabi, líder del Congreso Nacional Iraquí, admitió al Telegraph británico: “Somos héroes en el error” (19/2/04). Tenía razón en cuanto al error.

Mintió a Dick Cheney, cuyo personal entonces hizo una cuidadosa selección de la inteligencia para reforzar las mentiras. Asesores de alto rango como Libby y Feith ordenaron a los suministradores de inteligencia en la Oficina de Planes Especiales del Pentágono que censuraran la información que pudiera contradecir su perorata guerrerista. (Tte. Cnel. [ret.] Karen Kwiatkowski, Salon.com 23/10/04.)

Cheney repitió los mitos de los vínculos de Saddam con Al-Qaeda y de la supuesta compra de torta amarilla de uranio a Níger por parte de Irak. La CIA sabía la verdad. Cheney rechazó la verdad. Las mentiras funcionaban mejor para convencer a un Congreso temeroso, los medios y el público. Cheney usó la súper táctica de Karl Rove: lanzó el miedo a la cara de los escépticos potenciales para intimidarlos. Funcionó. El Congreso autorizó la invasión de Bush a Irak; los medios se comportaron como el eco de relaciones públicas de la Casa Blanca.

Las personas de mayor percepción supieron instintivamente que la invasión de Irak abriría las grandes fisuras en la sociedad iraquí”, escribió Alí A. Allawi en su nuevo libro. (La ocupación de Irak, Yale University Press, 2007.) Allawi acusa a los ocupantes norteamericanos de un manejo ineficaz tan “escandaloso” que la gente que odiaba a Saddam Hussein ahora ha dado la espalda a sus supuestos libertadores”. Desde 2003, Allawi (primo de Ayad Allawi, primer ministro de Irak en 2004), educado en Estados Unidos y en la Universidad de Oxford, sirvió como Ministro de Comercio, Defensa y Finanzas de Irak. Él presenció la caída de Bagdad el 9 de abril y esperó por un plan de EE.UU. que permitiera a Irak recuperarse y reconstruirse bajo un nuevo gobierno viable. En su lugar, las autoridades norteamericanas disolvieron las instituciones coherentes –los militares (más de 300 000 hombres armados) y el Partido Ba’ath. Esto provocó un enorme desempleo y dejó a Irak sin una fuerza interna de seguridad.

En septiembre de 2003, Paul Bremen, Jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA) ordenó la privatización de 192 compañías del sector público. Personas a quienes Allawi llama los muchachos de Saddam, una “pandilla comercial”, se apoderaron de los nuevos negocios. Ante la ausencia de ejército y de policía comenzó el saqueo. Los ladrones vendieron en países vecinos el equipamiento iraquí de infraestructura. Más tarde Bremen se quejó –en su libro de 2006 Mi año en Irak: la batalla por construir un futuro de esperanza— que la Casa Blanca de Bush micro-manejó o manejó indebidamente la administración que se suponía que él dirigiera.

Allawi alega que EE.UU. fracasó en la reconstrucción de la infraestructura de electricidad, del cuidado de salud y de la salubridad, pero en su lugar ofreció a los medios “una insípida repetición de historias de ‘éxito’.” Anteriormente, el 9 de abril de 2003, los infantes de Marina de EE.UU. orquestaron el derribo de la estatua de Hassan Hussein en Bagdad. Cuatro años más tarde, Kadhim al-Jabouri, un famoso halterista iraquí, se presentó frente a las cámaras de TV y destruyó el pedestal de concreto que soportaba la estatua.

“El Diablo que uno conoce es mejor que el Diablo que uno no conoce”, dijo. “Ya no sabemos distinguir al amigo del enemigo. La situación se está haciendo más peligrosa. La gente es pobre y los precios suben más y más… Saddam era como Stalin. Pero la ocupación está demostrando ser peor”. En lugar de un gobierno brutal, pero seglar, clérigos chiíes como el Ayatolá Alí Sistani y el más joven Moqtada al Sadr tienen ahora un gran poder. Irán tiene en Irak más influencia que nunca. Todo el Medio Oriente se ha hecho más combustible.

Las torpezas de Bush han provocado también un inmenso incremento en el gasto militar. El gasto en armamento es muy superior al desembolso para la educación y la salud. Bush aún usa el temor como su principal herramienta política. Pidió a gritos al Congreso más fondos para las guerras de Irak y Afganistán y se comportó como si ellos hubieran metido al país en el lío.

Bush reclamó el “valor” de llevar al país a la guerra. El Congreso y los medios dieron el visto bueno a su decisión. Colectivamente, les faltó el valor, la integridad y la responsabilidad para admitir el error y poner en práctica una rápida retirada norteamericana. Así que los demás tenemos que seguir presionando con toda nuestra fuerza.

El más reciente libro de Saul Landau es Un mundo de Bush y de Botox. Su nuevo filme Aquí no jugamos golf está disponible en DVD por medio de roundworldmedia@gmail.com.

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